De microondas a puchero: aprendiendo a conectar de verdad
Hace un par de meses —o quizá menos— me fijé en un chico que no tiene nada que ver con mi mundo.
O al menos, con el que hasta ahora ha sido mi refugio.
Hablo del sexual, claro. Ese en el que mi cocina ha estado cerrada con siete candados y la llave bien escondida en el cajón del miedo.
En los últimos trece años, a los pocos que he dejado pasar, me los he tirado primero y los he conocido después.
Y sí, follaban de puta madre, no lo voy a negar.
Pero nunca hubo más.
Ninguna intención, ningún después, ningún “me quedo contigo”.
Solo mi imaginación, siempre tan creativa para inventarse futuros con gente que ya se había ido antes de cerrar la puerta.
Cuando el sexo rápido deja vacío
Ahora que me ronda la cabeza eso de buscar algo “para todo el rato” en lugar de “para un rato”, tengo un lío monumental.
Porque por un lado me digo: ábrete, deja entrar, suéltate.
Y por otro me repito: no le cuentes nada de tu pasado, no lo asustes, no le enseñes todo lo que sabes, ni cómo lo aprendiste.
Aunque, para ser sincera, poco puedo ocultar, cuando está todo publicado en mi libro.
Y ahí empieza la contradicción: quiero cocinar a fuego lento, pero llevo años haciéndome el puchero sola.
Recojo los ingredientes de aquí y de allá: recuerdos, fantasías, imaginación, juguetes, un poco de todo lo que he vivido.
De relaciones exprés a ganas de conexión
Cuando aparece alguien delante, yo ya voy tan hecha, tan cocinada, que el caldo está listo antes de que empiece la receta.
Y claro, se acaba en un visto y no visto.
Es como calentar algo en el microondas: rápido, práctico, sin complicaciones, pero al final, sin sabor.
Mientras me quedaba mirando el techo después, pensé: ¿por qué siempre termino echándoles la culpa a ellos?
Que si no aguantan, que si no se implican, que si no me leen bien el cuerpo…
Pero, ¿y yo? ¿No tendré también algo que ver en que mis relaciones duren lo mismo que un anuncio de YouTube?
La verdad es que llevo tiempo funcionando en “modo microondas”: todo rápido, sin demasiadas expectativas, sin dejar que las cosas se cuezan a fuego lento.
Y claro, así no hay sabor que perdure.
Quizá he aprendido a protegerme tanto, a no ilusionarme, que me sirvo porciones pequeñas de placer para no empacharme de decepciones.
Pero a veces quiero más que roce piel con piel: quiero conexión de verdad.
Quiero un puchero.
De esos que se hacen despacio, con tiempo, con ganas.
Que huelen a contacto real, a compartir, a sentirse acompañado.
Que no se calientan en dos minutos, pero te dejan satisfecho durante horas, días…
El miedo a abrir la cocina emocional
Ayer hablaba con uno de esos (los que cuento con una mano) y le pregunté cómo hacía para durar horas.
Su respuesta me tuvo en jaque toda la noche, porque entendí que quizás no son ellos.
Tal vez soy yo.
Que me he vuelto microondas.
Que no dejo que nadie pase por mi cocina el tiempo suficiente para cocinarme de verdad.
Que me da vergüenza que vean quién soy, cuando no siempre puedo estar en guardia.
Y si bien parece mi peor lado, para mí es el mejor, aunque muy pocos —muy pocos— lo han visto o lo lleguen a ver.
Siempre me digo: Ni trofeos, ni en guardia. CALMA.
Y eso es lo que este muchacho me aporta, sin saber ni cómo, a esta cabecita que va a 3000 por hora en sus horas de tranquilidad.
Y no, no es que me asuste que alguien entre y se quede.
Lo que me jode de verdad es abrir la puerta, dejarles pasar, mostrar mi lado más vulnerable… y que me den la patada como tantos otros.
¿De qué sirve entonces desnudarme por dentro, si al final, cuando los desvisto por fuera, ni me acuerdo de ellos?
Con lo que me ha costado llegar hasta este punto, ahora no sé cómo juntar ambos mundos —el que sabe y el que siente— sin salir yo otra vez perjudicada.
Aprendiendo a cocinar sin prisas
Aunque, tal vez, este muchacho al que aprecio tanto en solo unos meses, sin haber cruzado ni un beso ni un roce, sea la lección que necesitaba.
Que me toque aprender desde cero a pasar de ser microondas a puchero.
A cocinar cada ingrediente a su debido tiempo, sin prisas, sin disfraz, sin miedo.
Y a ver si esta vez consigo saborear el plato sin quemarme.
No sé cómo, pero voy a conseguir unir mis dos mundos —emocional y sexual— en uno solo. Seré puchero más que microondas.
Yo soy, María Rosa Aleixandre Maset.






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